Editorial

El Concorde nos enseñó a volar más rápido. ¿Estamos preparados para volver a hacerlo?

28 de September de 2026
Patricio Sepúlveda
Patricio Sepúlveda
CEO · FlyLinkers
El Concorde nos enseñó a volar más rápido. ¿Estamos preparados para volver a hacerlo?

Hace exactamente 53 años, el 26 de septiembre de 1973, el Concorde realizó su primer cruce transatlántico sin escalas. Despegó de Washington Dulles y aterrizó en París-Orly apenas 3 horas y 33 minutos después. A bordo viajaban 32 pasajeros invitados, además de la tripulación y el equipo de pruebas. Todavía faltaban más de dos años para que el Concorde comenzara sus servicios comerciales regulares. 

Aquella jornada fue mucho más que un récord aeronáutico. Fue la demostración de que el mundo podía ser considerablemente más pequeño. El Concorde convirtió en realidad algo que parecía reservado a la imaginación: cruzar el Atlántico en aproximadamente la mitad del tiempo que necesitaban los aviones convencionales.

Sin embargo, cuando dejó de operar en 2003, ocurrió algo extraordinario. La aviación comercial, acostumbrada a progresar permanentemente, renunció a la velocidad supersónica. Durante las décadas siguientes desarrollamos aviones más eficientes, aumentamos su autonomía, incorporamos nuevas tecnologías y conectamos prácticamente todos los continentes. Pero seguimos cruzando el Atlántico a velocidades similares a las de hace medio siglo.

¿Y si la próxima gran revolución de la aviación no consiste solamente en volar más lejos y consumir menos, sino también en recuperar algo que ya habíamos conquistado: la velocidad?

El Concorde fue un adelantado a su tiempo

El Concorde demostró que la tecnología funcionaba. Lo que no consiguió fue establecer un modelo económico y operativo suficientemente amplio para sostener su expansión. Su elevado consumo de combustible, sus costos operacionales, su capacidad limitada y las restricciones al vuelo supersónico sobre tierra redujeron considerablemente el número de rutas comercialmente viables.

Pero la industria aprendió de aquella experiencia. Hoy sabemos que no basta con fabricar un avión capaz de superar Mach 2. Es necesario construir un sistema completo que permita operarlo de manera rentable, ambientalmente responsable y compatible con las comunidades que sobrevuele. Y precisamente allí está comenzando una nueva etapa.

La segunda generación supersónica ya está tomando forma

En enero de 2025, el avión experimental XB-1 de Boom Supersonic superó la barrera del sonido. La compañía trabaja en el desarrollo de Overture, su proyecto de avión comercial supersónico. El XB-1 también permitió demostrar una técnica denominada Boomless Cruise, que aprovecha determinadas condiciones atmosféricas para evitar que el estampido sónico llegue al suelo. 

Al mismo tiempo, la NASA está desarrollando una iniciativa que podría resultar incluso más trascendente para el futuro de esta industria. Su avión experimental X-59 realizó su primer vuelo en octubre de 2025 y superó la barrera del sonido el 5 de junio de 2026. El objetivo del programa no es transportar pasajeros, sino demostrar que es posible volar a velocidades supersónicas produciendo un ruido mucho menos perturbador para las personas en tierra. 

Si esta tecnología demuestra los resultados esperados, podríamos encontrarnos ante un cambio fundamental. El Concorde tenía que concentrarse principalmente en rutas oceánicas. Los aviones del futuro podrían llegar a disponer de una red de rutas considerablemente más amplia. Naturalmente, todavía será necesario demostrar los resultados técnicos, obtener certificaciones y establecer las normas que permitan esas operaciones. Pero la posibilidad ya está siendo investigada.

La velocidad también tiene valor económico

En nuestra industria hablamos permanentemente de reducir costos. Sin embargo, dedicamos mucha menos atención a otro recurso extraordinariamente valioso: el tiempo de nuestros pasajeros.

Para un ejecutivo, un inversionista, un profesional o cualquier persona que necesite desplazarse entre continentes, recuperar tres o cuatro horas puede transformar completamente un itinerario. Un viaje que hoy requiere pasar una noche fuera podría, en determinadas rutas, convertirse en una visita de ida y vuelta durante el mismo día.

Los aeropuertos también podrían experimentar cambios importantes. Las conexiones, los horarios, la utilización de aeronaves y los patrones de demanda tendrían que adaptarse a una nueva generación de pasajeros para quienes la velocidad volvería a ser un elemento diferenciador. Y las oportunidades no se limitarían necesariamente al transporte de pasajeros. Determinados segmentos de carga de alto valor, repuestos críticos, productos farmacéuticos y envíos urgentes podrían encontrar aplicaciones especializadas para una aviación más rápida, siempre que su costo resultara competitivo.

La velocidad no solamente reduce distancias. También puede crear mercados que antes no existían.

América Latina no debería quedarse observando

Imaginemos lo que podría representar esta tecnología para nuestra región. Miami, Nueva York, Londres, París, São Paulo, Santiago, Bogotá o Ciudad de México podrían formar parte de nuevas redes de conectividad, dependiendo de la autonomía, los costos y las autorizaciones que consigan los futuros aviones. Una conexión significativamente más rápida entre América Latina y Estados Unidos o Europa podría modificar la manera en que hacemos negocios, organizamos viajes y participamos en la economía global.

Pero para aprovechar esa oportunidad necesitaremos algo más que nuevos aviones. Nuestros aeropuertos, autoridades aeronáuticas, sistemas de navegación y políticas de conectividad tendrán que evolucionar junto con la tecnología. La experiencia nos ha enseñado que una innovación aeronáutica no alcanza todo su potencial si la infraestructura y la regulación no avanzan al mismo ritmo.

El nuevo Concorde tendrá que resolver un desafío que el anterior no pudo superar

El entusiasmo por recuperar el vuelo supersónico debe ir acompañado de realismo. La nueva generación tendrá que demostrar que puede operar con costos razonables, niveles de ruido aceptables y un impacto ambiental compatible con las exigencias actuales. La OACI continúa desarrollando estándares específicos para la aviación supersónica, mientras la investigación científica examina sus efectos sobre el clima, la atmósfera y las comunidades. 

Además, fabricar un prototipo capaz de superar la velocidad del sonido es muy diferente de certificar, producir y mantener una flota comercial. El regreso de los vuelos supersónicos regulares todavía no tiene una fecha garantizada.

Sin embargo, esta vez existen conocimientos, herramientas de diseño y tecnologías que no estaban disponibles cuando nació el Concorde. Y, sobre todo, existe una industria que conoce mucho mejor los errores que no debe repetir.

Volver a conquistar el tiempo

Hace 53 años, el Concorde demostró que podíamos cruzar el Atlántico en poco más de tres horas. Hoy, la industria vuelve a preguntarse si podemos hacerlo de una manera económicamente sostenible y ambientalmente responsable.

Quizás los primeros aviones supersónicos de nueva generación no transformen inmediatamente toda la aviación comercial. Probablemente comenzarán atendiendo mercados específicos, con pasajeros dispuestos a pagar por recuperar tiempo. Pero así han comenzado muchas de las grandes transformaciones de nuestra industria. El Concorde no fue simplemente un avión extraordinario. Fue una demostración de hasta dónde podía llegar nuestra capacidad de innovar. Y aunque su historia comercial terminó, la idea que lo hizo posible nunca desapareció.

Durante medio siglo, la aviación se dedicó a perfeccionar la manera de volar. Quizás ha llegado el momento de volver a preguntarnos qué tan rápido podemos hacerlo. Porque el Concorde conquistó la velocidad. La próxima generación supersónica tendrá el desafío de convertirla en futuro.

 

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