Los aviones no conocen las fronteras.
Cuando una aeronave alcanza los 35.000 pies de altura, no existen líneas pintadas en el cielo que separen un país de otro. No hay muros, ni aduanas, ni barreras visibles.
Las fronteras las construimos nosotros. Las construimos desde tierra mediante regulaciones, restricciones, permisos y decisiones políticas.
Por eso la firma del memorando de entendimiento entre Chile, Argentina, Brasil y Paraguay para avanzar hacia el Acuerdo de Liberalización Aérea Sudamericana (ALAS) representa mucho más que un nuevo acuerdo aeronáutico.
Representa una manera distinta de entender la integración.
Durante décadas hemos hablado de acercar a nuestros países, fortalecer el comercio, impulsar el turismo y facilitar la movilidad de las personas. Sin embargo, muchas veces seguimos manteniendo barreras regulatorias que dificultan precisamente aquello que queremos promover.
La aviación nos enseña una lección muy simple.
Cada nueva ruta crea oportunidades. Cada nueva frecuencia acerca economías. Cada nueva conexión genera empleo, inversión, intercambio cultural y desarrollo.
La conectividad no es una consecuencia del crecimiento. Es una de sus principales causas.
Europa comprendió hace años que liberalizar el transporte aéreo no significaba perder soberanía. Significaba ganar competitividad.
Los resultados están a la vista, más competencia, más pasajeros, más destinos, más integración.
America Latina tiene ahora la oportunidad de recorrer ese mismo camino.
ALAS es solamente un primer paso.
Quedarán desafíos regulatorios, políticos y técnicos por resolver. Ningún proceso de integración se construye de un día para otro.
Pero las grandes transformaciones siempre comienzan con una decisión.
Y la decisión de cooperar suele ser mucho más poderosa que la decisión de competir.
Ojalá este acuerdo no permanezca limitado a cuatro países. Ojalá inspire a otros gobiernos a sumarse y avanzar hacia un mercado aéreo latinoamericano cada vez más integrado, eficiente y competitivo.
Nuestra región necesita más cielos abiertos.
Más cooperación. Más confianza. Porque cuando la aviación crece, no solo despegan más aviones. Despegan las economías regionales. Despegan el turismo y el comercio. Despegan las oportunidades para millones de personas.
El espacio nunca tuvo fronteras.
Ha sido el ser humano quien las ha ido dibujando sobre los mapas.
Quizás haya llegado el momento de comenzar, también desde tierra, a borrarlas allí donde ya no tienen sentido.
Porque los grandes desafíos del siglo XXI no se resolverán aislándonos unos de otros.
Se resolverán conectándonos mejor.
«La aviación siempre ha demostrado que es posible unir lo que la geografía separa. Ahora nos corresponde demostrar que también puede ayudar a unir lo que la regulación todavía divide.»