El director general de IATA, Willie Walsh, advirtió en la asamblea anual del organismo en Río de Janeiro que el alza en el precio del combustible obligará a cerrar a algunas aerolíneas y a que otras sean compradas por grupos más sólidos. Walsh ubicó el riesgo principalmente en Asia y África, en aerolíneas que ya llegaban con una posición financiera frágil o que no habían terminado de pagar la deuda que acumularon durante la pandemia. El cierre de Spirit en Estados Unidos, hace pocas semanas, es el ejemplo más reciente de lo que describe.
Los números detrás de la advertencia son duros. IATA bajó su previsión de utilidad neta de la industria para este ejercicio a 23.000 millones de dólares, un descenso del 50%. La factura de combustible de las aerolíneas subirá en 2026 en 100.000 millones de dólares, hasta los 350.000 millones, principalmente por la menor capacidad de refinación en Kuwait tras la guerra con Irán.
Para quienes trabajamos en la aviación latinoamericana, vale la pena mirar esta advertencia con algo de distancia. La región ya pasó por su propia versión de este ajuste entre 2020 y 2022, cuando LATAM, Avianca y Aeroméxico se reestructuraron bajo el Capítulo 11 y salieron con menos deuda y operaciones más livianas. Mientras otras regiones recién enfrentan la cuenta que Latinoamérica ya pagó, nuestras aerolíneas llegan a este nuevo golpe de combustible con balances más ordenados y flotas más jóvenes.
Eso no vuelve inmune a la región. Un combustible más caro le pega a cualquier aerolínea, reestructurada o no, y ningún balance ordenado compensa del todo un barril más caro. Pero conviene tenerlo presente la próxima vez que alguien hable de la fragilidad de la aviación latinoamericana: esta vez, la fragilidad está mirando hacia otro lado del mapa.