Nota de la edición
Publicamos esta editorial hace dos días, sin saber lo que ocurriría pocas horas después en Venezuela. La tarde del miércoles, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron la costa norte del país, los más fuertes en más de un siglo. Al cierre de esta edición se cuentan al menos 589 personas fallecidas y más de 3 mil heridas, el estado de La Guaira fue declarado zona de desastre y el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía cerró tras sufrir daños. La reflexión que compartimos a continuación, que planteamos también hace ocho años ante la CLAC, hoy se volvió dolorosamente concreta. Por eso la repetimos. Antes, queremos expresar nuestra solidaridad con el pueblo venezolano y rogar por el descanso eterno de las víctimas y la recuperación de quienes resultaron heridos.
En 2018 presentamos ante la Comisión Latinoamericana de Aviación Civil (CLAC) una propuesta que buscaba algo aparentemente simple: incorporar formalmente a la aviación dentro de la planificación regional para enfrentar desastres naturales y emergencias humanitarias.
La idea surgía de una convicción profunda. Cuando ocurre una tragedia, la aviación siempre está presente. Llega primero y se retira al final. Sin embargo, su participación casi siempre ha sido reactiva y no parte de una planificación coordinada.
Ocho años después, la realidad confirmó aquella preocupación.
Las cifras son contundentes. Entre 1961 y 2025, los desastres naturales han afectado a más de 7.000 millones de personas en todo el mundo. Más de 3 millones de personas han perdido la vida y las pérdidas económicas acumuladas superan los US$ 5 billones. Detrás de esas cifras existen ciudades destruidas, comunidades desplazadas, infraestructura dañada y economías completas obligadas a reconstruirse.
Y lejos de disminuir, la tendencia parece acelerarse.
Solo en las últimas dos décadas hemos sido testigos de terremotos devastadores, tsunamis, huracanes cada vez más intensos, inundaciones masivas, incendios forestales sin precedentes, conflictos armados, crisis migratorias y nuevas amenazas asociadas a la ciberseguridad y a la infraestructura crítica.
La pandemia del COVID-19 representó quizás la mayor demostración moderna de esta vulnerabilidad global. Más de siete millones de personas fallecieron oficialmente y la economía mundial sufrió pérdidas de una magnitud difícil de dimensionar. Millones de personas quedaron confinadas, las cadenas de suministro se interrumpieron y los sistemas de salud enfrentaron una presión sin precedentes.
Y nuevamente apareció la aviación.
Transportó vacunas, medicamentos, equipos médicos, personal sanitario y ayuda humanitaria. Repatrió ciudadanos atrapados en distintos continentes y permitió mantener operativas cadenas logísticas esenciales cuando gran parte del mundo se encontraba paralizado.
Desde entonces hemos visto incendios forestales devastadores en Chile, Canadá, California y Australia; huracanes históricos en el Caribe y Norteamérica; inundaciones masivas en distintos continentes y conflictos geopolíticos que han generado nuevas emergencias humanitarias.
La pregunta ya no es si enfrentaremos nuevos desastres.
La pregunta es cuándo.
Por eso resulta indispensable avanzar hacia una visión distinta. La aviación no debe ser considerada únicamente una industria de transporte. Debe ser reconocida como una infraestructura estratégica para la resiliencia de los países.
Cuando una comunidad queda aislada, cuando los caminos desaparecen, cuando los hospitales requieren suministros urgentes o cuando miles de personas necesitan ser evacuadas, la aviación suele convertirse en el primer puente hacia la recuperación.
América Latina posee aerolíneas, aeropuertos, autoridades aeronáuticas y profesionales de primer nivel. Lo que falta es una coordinación más profunda y permanente que permita utilizar esas capacidades de manera organizada cuando la región las necesite.
Chile puede aportar una experiencia valiosa. Como país expuesto a terremotos, tsunamis, incendios forestales, erupciones volcánicas y eventos climáticos extremos, ha desarrollado capacidades institucionales y aeronáuticas reconocidas internacionalmente.
Quizás ha llegado el momento de retomar aquella conversación iniciada en 2018.
Porque los desastres seguirán ocurriendo.
Pero la diferencia entre una tragedia y una recuperación exitosa suele depender de algo muy simple:
La preparación.
Y en esa tarea, la aviación tiene mucho más que aportar de lo que todavía imaginamos.