El 8 de mayo de 1927, Charles Lindbergh recibió la autorización oficial para intentar lo que, hasta ese momento, parecía una locura: cruzar el Atlántico sin escalas, en solitario, desde Nueva York hasta París. Su avión, el Spirit of St. Louis, estaba listo para enfrentar lo desconocido.
Doce días después, el 20 de mayo, Lindbergh despegó del aeródromo de Roosevelt Field y, tras 33 horas y media de vuelo, aterrizó en el aeródromo de Le Bourget, cerca de París, marcando un antes y un después en la aviación comercial y en la percepción pública de lo que era posible volando.