¿Dónde está el piloto?

La semana pasada los pasajeros del vuelo ET 343 de Ethiopian Airlines entre Sudán y Etiopía, que no debía durar más que un par de horas, probablemente no alcanzaron a darse cuenta de que la duración del mismo comenzaba a alargarse sin explicación alguna. Menos mal. 

La razón no se debía a un frente de mal tiempo o alguna congestión en el aeropuerto de Addis Ababa, donde debían aterrizar. El motivo era algo mucho más simple, pero aterrador a la vez… tanto el piloto como el copiloto se habían quedado profundamente dormidos. Ni los intentos reiterados de la torre de control por comunicarse con ellos lograron despertarlos a tiempo y, cuando finalmente abrieron los ojos, gracias a una alarma que se activó en la cabina, el Boeing 737 hacía 25 minutos que se había pasado de su destino. 

El caso puede haber hecho recordar a más de alguien la vieja película de inicios de los años ‘80 “¿Y dónde está el piloto?”. Pero lo que posiblemente quedará en el anecdotario debido a un desenlace sin incidentes que lamentar, podría haber terminado en una tragedia. Y es lo que precisamente están alertando sindicatos y asociaciones de pilotos en distintos puntos del globo: en la desesperada carrera de las aerolíneas por recuperarse de las millonarias pérdidas económicas que les causó la pandemia del COVID-19, los pilotos y tripulantes de cabina se están llevando la peor parte. 

Lo ocurrido en el vuelo de Ethiopian no es novedad. En mayo, un piloto de la italiana ITA Airways fue despedido por haberse quedado dormido en un vuelo entre Roma y Nueva York, mientras el copiloto hacía uso de su horario de descanso autorizado. 

Y es que desde Norteamérica a Europa, las licencias por estrés, cansancio extremo y fatiga se acumulan en las plantillas de empleados de las compañías aéreas, como consecuencia de una rápida recuperación de la demanda que ha chocado con una insuficiente oferta de personal para volar los aviones. 

La paralización de la industria aérea motivó el despido o el aceleramiento de los planes de retiro de cientos de miles de pilotos y tripulantes de cabina en todo el mundo, para no ahondar la sangría económica que significaba pagar sueldos a gente que estaba encerrada en sus casas. Pero lo que entonces parecía sensato para sobrevivir, hoy se vuelve un dolor de cabeza para resurgir. 

La capacitación y entrenamiento que requieren los nuevos postulantes es algo que toma tiempo -y está bien que así sea, si consideramos que serán responsables de la vida de millones de personas-, pero mientras tanto la presión aumenta sobre las actuales dotaciones. Sencillamente, las compañías aéreas están programando más vuelos de los que son capaces de sustentar. Y al hacerlo pueden estar jugando con fuego. 

Solo en América del Norte se calcula una escasez de 8.000 pilotos para satisfacer la actual demanda. Y aunque las aerolíneas no pueden incumplir la ley, la están estrujando al máximo. La Federal Aviation Administration (FAA), la máxima autoridad aeronáutica de EE.UU., exige un mínimo de 10 horas de descanso entre dos turnos, lo que incluye 8 horas de sueño ininterrumpido. Un turno, a su vez, normalmente dura entre 8 y 9 horas, pero puede alcanzar hasta 12 a 14 horas. Los sindicatos están denunciando que esos límites máximos se están volviendo cada vez más frecuentes. 

La preocupación de fondo, por supuesto, es de qué manera esto pueda estar afectando a la seguridad de los vuelos. El que se actúe dentro del marco legal, pero tocando sus bordes, no es precisamente lo más inteligente… ni seguro. Pilotos y tripulantes de cabina que terminan extendiendo licencia médica por estrés o cansancio extremo solo acentúan el déficit de personal. En octubre del año pasado los pilotos que reportaron no estar en condiciones de volar por cansancio extremo crecieron un astronómico 600%. En lo que va de este año el problema persiste, con un alza de 330% de justificativos en abril. Todo esto, en circunstancias que las proyecciones hablan de que la cantidad de personal requerido no se normalizará antes de 2024. 

En el intertanto, esos mismos pilotos y copilotos agobiados se verán expuestos a la toma de posibles malas decisiones cuyas consecuencias las pueden sufrir miles de personas, generando millonarias pérdidas a las alicaídas finanzas de sus empleadores y, peor aún, haciendo pedazos la reputación de esas compañías. Las bromas y memes que circularon en los días posteriores al incidente del Ethiopian no deben haberle hecho mucha gracia a la aerolínea africana. Pero habría que ver dónde está la responsabilidad de ella por haber llegado a esa situación. 

Sería una tremenda ironía que en los tiempos que corren, donde las extremas medidas de seguridad aérea adoptadas tras los atentados del 11-S han hecho que volar sea más seguro que nunca frente a eventuales amenazas externas, los peligros comiencen a provenir ahora dentro de la cabina del avión.  

Como advierten los propios pilotos, los límites máximos en los turnos son como un alambre de púas. Si te acercas demasiado, puedes terminar cortándote. En cuanto a los dos pilotos somnolientos, no es descartable que tras un período de suspensión vuelvan a abordar un avión, en esa u otra compañía. Porque hoy los pilotos no sobran precisamente. 

Escrito por:

Sergio Espinosa V.

Periodista chileno especializado en temas de aviación, ha trabajado en los más prestigiosos diarios y revistas de ese país. Aunque ha ocupado distintos puestos, su pasión siempre ha sido escribir sobre la industria aérea. 

 

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